Mátame

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jueves, 13 de marzo de 2014

Adios a mi perro, mi amigo.

Tuve un perro muy valiente. Ladraba con autoridad cada vez que alguien osaba llamar a la puerta y crispaba su pelaje mientras mostraba unos atemorizantes colmillos blancos cuando captaba algún olor amenazante desde afuera. Pero se acobardaba y se hacía un ovillo bajo mi asiento -en el que rara vez se ocultaba por su gran tamaño- cuando fuegos artificiales explotaban como truenos en las fiestas navideñas. He de admitir que los truenos de tormenta causaban en él el mismo efecto. 

Pero seguía siendo muy valiente y lo demostraba cuando debía visitar al veterinario: jamás se quejó ni un poco cuando las inyecciones atravesaban su brillante pelaje castaño y perforaban su piel. Y, sin embargo, se moría de miedo cuando percibía que yo iba a salir. Entonces abría sus ojos enormes y me miraba fijo, como preguntando “¿A dónde rayos vas? ¿Me vas a dejar solo?” y se retiraba muy triste hacia su rincón. Muchas veces me hizo cuestionarme dos veces si realmente era necesario salir. 

Aunque en otras ocasiones se volvía muy agresivo, y si me escuchaba tomar mis llaves –clara señal de que yo estaba por partir- olvidaba por completo esa actitud sumisa y entonces me amenazaba a mí con sus colmillos atemorizantes y sus ladridos autoritarios, como diciendo “ ¿A dónde rayos creés que vas? ¿Creés que me vas a dejar solo?” y me bloqueaba el paso. Muchas veces tuve que fingir que me quedaba para encontrar otra estrategia de escape. 

Era un gran perro. Y lo quería mucho. Y él me quería a mí. Jugábamos hasta quedar exhaustos, pero él siempre tenía más energías para continuar; a menos que se aburriera, entonces me dejaba a mí con el hueso de juguete en la mano mientras él se retiraba indiferente a mis llamados. Porque además, era un perro muy orgulloso. Solía sentarse  apoyado en la lavadora de casa o en alguna de sus paredes favoritas, con el pecho blanco erguido y una actitud arrogante, esperando que alguien de la familia pasara y le hiciera algún cumplido, lo cual ocurría siempre. Y si yo lo acariciaba en esa pose, levantaba la cabeza y miraba hacia otro lado, como un modelo harto de recibir tanta atención. Hasta que yo me retiraba, entonces se levantaba y me seguía contento, moviendo la cola y con una especie de sonrisa en su boca, como diciendo “Yo también te quiero!”. 

Era el Maxx. Mi perro dóberman mezclado, que se alegraba como loco cuando me saludaba por la mañana, como si no nos hubiésemos visto el día anterior. Que me chantajeaba todo el tiempo con su carita triste para que le diera parte de lo que estaba comiendo y que mordía su colcha y la arrastraba por toda la casa como si fuera un juguete más. Mi perro. 

Pero se tuvo que ir. Y yo tuve que dejarlo ir. 

Cuando la veterinaria levantó la cabeza y me indicó que ya todo estaba hecho, algo se quebró dentro de mí. Quiero que regrese y sé que es imposible. Y aunque suene como un niño, quiero a mi perro conmigo, quiero que viva para siempre conmigo… 

Mi perro era muy valiente, arrogante, alegre y hasta un poco loco. Era mi gran amigo y lo extraño mucho, me hace tanta falta su presencia... Sé que sueno como un niño, pero es que me siento como un niño… que ha perdido a su cachorro.


Jap