Mátame

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Amnistía y respuesta al señor Lüers



Uno de los temas más polémicos de El Salvador vuelve a estar en la mesa de discusión de la agenda pública: la constitucionalidad, o no, de la Ley de Amnistía promulgada en 1993. Los magistrados de la Sala de lo Constitucional han admitido una demanda que podría invalidar por completo dicha ley y, por supuesto, las reacciones no se han hecho esperar. 

Una de esas reacciones ha sido la del señor Paolo Lüers, columnista del Diario de Hoy, quien publicó una carta abierta a los magistrados el lunes recién pasado. Como no tengo la costumbre de leer ese periódico en particular, no tuve conocimiento de esa carta hasta que alguien en facebook hizo un comentario -muy acertado por cierto- en contra de las opiniones del señor  Lüers. Entonces leí la carta yo mismo y también sentí la necesidad de comentar sobre los argumentos expuestos en ella. 

La carta comienza con el estilo de un padre benévolo, pero molesto y preocupado por el proceder de unos muchachos que han cometido una travesura propia de la edad. Como si esperara que los magistrados agacharan la cabeza y sintieran vergüenza por su irresponsabilidad, mientras él agita suavemente su dedo índice hacia ellos en gesto de reprimenda paternal.

La cosa no es así, señor  Lüers: los magistrados no son adolescentes que han actuado por impulsos hormonales, se trata de profesionales  que conocen las leyes y que toman su trabajo en serio. No han tomado esta decisión simplemente porque sí;  especialmente en un tema tan delicado, que les traerá más dolores de cabeza que elogios. Por eso, aunque es válido estar en desacuerdo con sus decisiones, lo menos que uno puede hacer es  dirigirse a ellos con respeto, y no con semejante condescendencia, como si se hablara a niños malcriados... o con el ambigüo vocativo de "cuatro magníficos".

Entre los primeros errores de los argumentos del señor  Lüers está la tácita afirmación de que la ley de amnistía es constitucional, cuando explica que tiene la esperanza de que los magistrados hayan aceptado la demanda solo para confirmar ese hecho. Sin embargo, un artículo de El Faro, de esta misma semana, resume muy bien cuántos artículos de la constitución han sido violados por la ley de amnistía:

"Agregan que la amnistía viola el artículo 144 de la Constitución, que establece que el Estado salvadoreño se atendrá a cumplir los tratados internacionales, que estarán por encima de las leyes secundarias, y en este punto, la Ley de Amnistía contraría la Convención Americana de Derechos Humanos. Además, infringe el artículo 2 de la Constitución en relación con la garantía del derecho a la vida y a la protección de este derecho; los artículos 12 y 131 en relación con la presunción de inocencia y por lo tanto con la imposibilidad de convertir a una persona no encontrada culpable en sujeto amnistiable; y también los artículos 85 y 135, porque al emitir la Ley de Amnistía, no se respetó el proceso de formación de la ley." El Faro.

La parte que resulta más indignante de la carta es en la que el señor  Lüers minimiza la gravedad de los crímenes contra la humanidad cometidos durante el conflicto armado.  Cito textualmente: "La amnistía es la capacidad y voluntad de entenderse mutuamente, incluyendo los errores y abusos de cada uno."

La masacre del Mozote, la masacre del Sumpul, la masacre de la Zona Rosa y toda la sangre derramada por inocentes en todas las matanzas ocurridas durante la guerra -sin importar el bando- no son solo "errores" o  "abusos", señor   Lüers. Torturar seres humanos con la saña con la que se torturaron a miles en El Salvador, no se puede considerar como un simple "error"; empalar bebés con bayonetas no es un mero "abuso".  Etiquetar esos crímenes con tales eufemismos es un verdadero insulto a la memoria de las víctimas y al dolor de los familiares. 

"La amnistía es la base de un acuerdo entre las dos partes beligerantes de no sólo dejar de matarse, sino de dejar de verse como enemigos y comenzar a trabajar juntos para crear una sociedad donde quede erradicada la violencia como método de llegar o defender el poder político"  Este es el argumento más romántico, meloso y prefabricado que se pueda esgrimir. Es un intento de manipular sentimientos nobles a través de medias verdades. Porque, si bien es cierto todos queremos una sociedad donde la violencia no sea el método para llegar o defender el poder político, no se puede "trabajar juntos" para crear esa sociedad si no estamos todos incluídos; y la amnistía, así como el argumento, solo contempla a esas dos partes beligerantes, excluye muy convenientemente a las víctimas aún con vida y a los familiares que todavía, 20 años después, exigen una justicia que se les ha negado una y otra vez sobre la base de la ley en cuestión.

Finalmente, el señor  Lüers termina su carta con una frase poco inspirada: "Pero no podemos reescribir nuestra historia 20 años después, y ciertamente no con una sentencia de la Sala de lo Constitución." ((Asumo que quiso decir Sala de lo Constitucional, pero probablemente no le quedó tiempo de leer una segunda vez su carta para reconocer el error))

No señor Lüers, no se trata de reescribir la historia, se trata de enmendar injusticias. Y si hace 20 años se creó la ley de amnistía debido a una "situación específica" como usted muy bien expone, la situación específica en la que vivimos ahora nos impulsa hacia esa enmienda. ¿Y qué mejor que una sentencia de la Sala de lo Constitucional para encaminarnos hacia la justicia? Esa será una prueba definitiva de que los poderes del estado funcionan como debe ser. O al menos uno de ellos.

José Aguirre
(Jap)







jueves, 19 de septiembre de 2013

Cochinitos soñadores



Los tres cochinitos ya están en la cama. Visten piyamas de colores que aman con desesperación pero  se arropan con sábanas blancas para disimular su apego. 

Los tres cochinitos ya están en la cama y roncan ya con tal fuerza que hasta hacen temblar las paredes del cuarto. Están dormidos, pero sus ronquidos van en escala y así seguirán hasta el final de la noche. Cuando llegue la mañana, todos los animales del bosque estarán desvelados y hartos del interminable alboroto. ¡Pero se trata de los cochinitos! ¿Quién podría culpar a los adorables cuches?

Los tres cochinitos ya están en la cama. Uno sueña que es un rey y con lágrimas en los ojos, corre hasta alcanzar la cima del castillo para observar su reino. Está feliz: siempre ha sido un segundón toda su vida, puesto a un lado para dar paso a otros animales más grandes, opacado y hasta marginado alguna vez por no ser  muy listo. Ahora es rey y nadie tendrá nunca más derecho de hacerlo a un lado o aludir a su poca capacidad intelectual o de liderazgo.

Sueña que quiere el pastel más grande del mundo y su ministro manda al chef real que le hornee 20 pasteles sólo para él. El cuchito, con lágrimas en los ojos, come todos su pasteles y se empacha. El ministro toma las riendas del castillo... sólo mientras se recupera el legítimo rey... 

Otro sueña... que también es rey! Y reina con mano de hierro porque así aprendió que se debe reinar y punto! Sabe que siempre tiene la razón, que todos los demás están siempre equivocados y deben admitirlo... y si no, que salgan del sueño y punto! Ahora es rey y nadie tendrá nunca más derecho de contradecir su postura, ni a aludir a su poca o nula capacidad de administración.

Sueña que sale a remar con todo su séquito; más al llegar a alta mar, ignora las advertencias de lluvia y sigue adelante: la tormenta está equivocada y punto! La barca da vueltas y el cuchito cae de la cama...! Tranquilos: se salió del sueño antes de ver cómo sus acompañantes se ahogaban en la tempestad... 



El más rechoncho de los tres, un cuchito redondo y sin delgadez, sueña que... también es rey! Muy matemático, va haciendo las cuentas de las arcas del palacio. Cuenta una y otra vez y cuenta de nuevo. Las monedas de oro relucen en sus pezuñitas negras y ya no le importa que todas sus cuentas sean siempre restas. Ahora es rey y nadie tendrá nunca más derecho de cuestionar su integridad, ni a aludir a sus extrañas capacidades matemáticas. 

Sueña que ya es inmensamente feliz, que camina por el bosque riendo a carcajadas. Lo que no sueña ni por cerca, es en ayudar a su madre trabajadora...

Los tres cochinitos ya están en la cama. Muchos besitos les dio su mamá. Siguen soñando entrada ya la mañana. Y sueñan felices hasta tan tarde, en sus piyamas de colores y sábanas blancas, porque en el trabajo ya está su mamá: esquivando lobos, peleando con lobos, recorriendo el bosque, recogiendo fruta, apilando leña y reparando la casa. Sosteniendo a los cerditos, para que puedan roncar... 

Jap




jueves, 5 de septiembre de 2013

El orgullo de El Salvador




El Salvador es un país de contrastes, lleno de incoherencias y plagado de problemas. Estamos  rodeados de tanta corrupción, de tan pésimas gestiones institucionales que es difícil no sentirse un poco decepcionado de cómo avanza nuestra sociedad.

Y claro que podemos librar nuestra conciencia echándole la culpa a quienes nos dirigen, por no pensar en el bien del país, por no tomar las decisiones correctas o por no intentarlo siquiera. Sin embargo, aparte del hecho de que es la misma sociedad la que elige a sus dirigentes, también es cierto que mucho de lo malo que ocurre en El Salvador proviene del ciudadano común: como la incorregible y pésima constumbre de botar la basura en la calle, por poner un ejemplo.

En otras palabras, en este mes cívico, pareciera que hay muy poco de lo que podemos sentirnos orgullosos por ser salvadoreños.

"Pareciera" porque realmente sí hay razones para sentirnos orgullosos de nuestra herencia cultural, por sencilla o pequeña que esta sea. Y es en esa sencillez que hoy quiero centrar esta reflexión, y la quiero enfocar, además, en un punto muy específico: la selección salvadoreña de fútbol playa. 

Si mis datos no me fallan, en 2008, la selección ganó su primer boleto a una copa del mundo; luego fue de nuevo a mundiales en 2009 y 2011, para ubicarse en el cuarto lugar en este último. Frank Velásquez, uno de los jugadores, fue reconocido como el tercer mejor goleador de todo el mundial. Es decir, la selección ha ido mejorando, muy rápidamente, con cada torneo que ha disputado. Al margen de lo que ocurra este mes en Tahití, es innegable que nuestros futbolistas playeros han demostrado su casta ganadora. ((No como otros que conozco... ejem...))

¿Ese es nuestro orgullo nacional? No.

Pero ese orgullo sí está en lo que la selecta playera ha hecho. No porque hayan ganado, ni porque hayan sido la primera selección nacional en disputar tres copas mundiales seguidas, sino por todo aquello que hicieron antes de que eso ocurriera. Frente a la poca atención por parte de las autoridades deportivas competentes ((por no decir de total abandono)) y en las más difíciles condiciones posibles, estos pescadores, estos jugadores no profesionales, se dedicaron con alma y corazón al deporte que eligieron. Y lo hicieron en aquel poco tiempo libre que su vida humilde les permitió. Solo el hecho de que tuvieran que seguir pescando para ganarse la vida, nos dice mucho de qué tanto ganaron económicamente con el fútbol. 

Aún así, salieron adelante hasta lograr hacerse de un nombre valioso en el mundo deportivo. Aunque perdieron su primer mundial derrotados en todos los encuentros que jugaron, eso no les quitó ni el espíritu ni la dedicación. Por eso, aunque la selección de fútbol playa sea un orgullo nacional, no es de ese orgullo del que estoy hablando, sino de esa característica que estos muchachos han demostrado y que se encuentra en el corazón de cada salvadoreño, y que forma parte de esa herencia cultural sencilla pero preciosa que poseemos: somos capaces de brillar incluso cuando la realidad pareciera decirnos "no".


Tenemos grandes pensadores, escritores, deportistas; pero también tenemos grandes artesanos, agricultores, profesores, vendedores... Y lo que los hace grandes, lo que los hace brillar, no es que todo el país los reconozca, sino el empeño que ponen en aquello a lo que se dedican, a pesar de las dificultades de vivir en esta dura realidad. Por eso, aún si la selección de playa no hubiese logrado todo lo que ha logrado, eso no hubiese desmerecido en lo más mínimo su esfuerzo; como no se puede desmerecer el de todos esos héroes anónimos cotidianos que empujan a su patria. 

Si El Salvador no brilla más a pesar de esto, es porque es algo que tiene que creerse primero de forma individual, antes de contagiarse de forma colectiva. Tal vez si nos vemos reflejados en el espíritu de los jugadores de la selección de fútbol playa, empecemos a creer en esa cualidad nuestra, que nos puede sacar adelante y de la que podemos sentirnos orgullosos.

Jap






jueves, 29 de agosto de 2013

La tregua con los militares y la amnistía para las maras



Ahora que estamos por iniciar el mes cívico, será inevitable que las festividades de independencia y los comerciales, principalmente aquellos con sonrisas artificiales de políticos en contienda, nos recuerden, o nos quieran convencer a la fuerza, de todas aquellas cosas bonitas que representan el ser salvadoreño. Así, escucharemos sobre la tenacidad de nuestra raza, sobre cómo somos los más trabajadores en el mundo entero ((qué nos ves, China?)), sobre nuestra cálida personalidad o sobre la valentía de la que hacemos gala ante la adversidad. Todas frases hechas. 

Frases que, además, cualquier otro país puede también reclamar como suyas.

Al margen de si estas “señas de identidad” son ciertas, nuestras o no, el punto es que seremos bombardeados por toneladas de mensajes positivos cuyo mayor objetivo será que nos sintamos bien con nosotros mismos y con la forma en que llevamos esta sociedad. Todo un mes para darnos palmaditas en la espalda.

Sin embargo, a la luz de las últimas noticias sobre el coronel Montano y su reciente condena, creo conveniente resaltar una característica muy nuestra, y muy negativa, que definitivamente no deberíamos ignorar, sepultada bajo todas esas pretensiones patrióticas: El Salvador desprecia la justicia.

No se trata de decir que el salvadoreño promedio desprecie la justicia en sí, esto más bien va con dedicatoria a las autoridades salvadoreñas y a circunstancias muy específicas que demuestran el miserable concepto de justicia con el que vivimos desde hace mucho tiempo. Pero sí, en la medida en que el salvadoreño promedio se conforma con este concepto y no hace nada, contribuye un poco a ese desprecio.

Me refiero concretamente a dos situaciones que bien podrían verse en un espejo: La tregua con las maras y el perdón a los ex militares, aquellos acusados de violación a los derechos humanos.

Por un lado, tenemos a un grupo de criminales cuyos actos de violencia sobrepasan los límites de la crueldad humana, pero ante los cuales el estado se ha dejado torcer el brazo porque sencillamente no puede contra ellos. Y en esas circunstancias, se convierte más bien en un cómplice que les concede trato especial con tal de no alterar el débil equilibrio en el que cree sostener su así llamada “paz”.

Por el otro lado, tenemos a un grupo de…

“Caramba! ¡Qué coincidencia!”




¿Cómo podemos aceptar un país en el que las autoridades vuelan para juzgar a unos futbolistas corruptos, pero se niegan a extraditar a acusados formales de crímenes contra la humanidad y que, además, se sientan a negociar mejores condiciones de vida para terroristas reconocidos?

Es un desprecio descarado a la justicia.

Esa es nuestra característica y defecto más profundo: nos olvidamos del dolor de las víctimas ((mientras no seamos nosotros mismos, claro)), y tratamos de seguir adelante como si nada porque tenemos un miedo terrible de que algún intento de justicia “moleste” a cualquiera de esos dos bandos. Y cualquiera de esos dos bandos parece tener suficiente poder para poner de rodillas al país: uno podría acudir a poderes ocultos y regresarnos a tiempos combativos,  y el otro a sus peores andadas y regresarnos a  estadísticas inconvenientes.

Unos lo justifican por creer que tenemos una paz tan frágil que se romperá con la menor vibración, pero si esto pasara, ¿Es paz realmente? Otros se convencen de que hay que perdonar lo que sea con tal de que nos concedan la gracia de la “estabilidad”. ¡Pero eso es tener la peor autoestima que se pueda tener como país! Es pensar que los salvadoreños no valemos lo suficiente como para merecer una verdadera vida pacífica y que debemos conformarnos con esas migajas de calma que nos quieran arrojar.

Así no se construye una sociedad. Al menos no una sociedad sana.

Y mientras vivamos presos de esos miedos, o cegados por nuestras mismas ideologías, y dejemos que el estado siga aplicando una justicia tan deforme, una justicia tan injusta, de nada valdrá que de verdad seamos tenaces, trabajadores, cálidos, valientes, etc. No solo porque nada de eso significa mayor cosa si tenemos el vergonzoso defecto de la injusticia; sino también porque seguiremos encadenados a una violencia que nosotros mismos alimentamos, que jamás dejará de crecer y que golpeará con más fuerza cuando menos lo esperemos.


Jap

viernes, 23 de agosto de 2013

Preguntas sobre la selecta "amañada"




Una de las más grandes razones por la que este mi país, El Salvador, es tan único, es porque uno nunca sabe en qué situación extraordinaria va a despertar al siguiente día. Desde hace un par de semanas, la nota principal, el chicle más mascado, el escándalo más publicitado ha sido la sospecha de que jugadores de la selección nacional de fútbol se dejaron sobornar para perder ciertos partidos a propósito. La prensa y ahora el resto del país llaman a esto "amaño" de partidos, no sé si porque así suena menos despectivo y, pues sí, mala onda con los pobres bichos; o si, por el contrario, suena más vulgar que la palabra soborno y o sea, desgraciados traidores.

Ante estas circunstancias, me han surgido un par de preguntas retóricas:

 1) Dada la  vocación natural de la selecta de perder todos sus partidos... ¿Para qué pagar porque pierdan si siempre lo hacen? 

2) Sí, sí... el mundo de las apuestas y todo, pero hey, ¿Cuánto pueden ganar con eso si nadie nunca apuesta a que El Salvador vaya a ganar? 

3) Es más! ¿A qué mente desobligada se le ocurre apostar en los partidos que juega El Salvador?  ((Si usted hace esto o lo del punto anterior, mis disculpas! Y mis más sinceros deseos de que este año santa claus le deje un balón de oro)) 

4) Todo el país se siente decepcionado de la selecta, como bien lo evidencian los comentarios en las noticias o los pedidos para boicotear su facebook pero... ¿No estamos ya acostumbrados a que la selecta nos decepcione? ¿No deberíamos alegrarnos un poco al pensar que, quizá, tal vez, quién sabe, nuestra selección sea mejor de lo que parece y siempre pierde a propósito? Eso nos daría la esperanza de que, si dejan de aceptar sobornos, es posible que empiecen a ganar partidos! ¿Verdad? ¿Verdad...? ...

Finalmente, no puedo dejar de sorprenderme de la rapidez con que ha reaccionado la fiscalía general de la república. De acuerdo con reportes de los periódicos nacionales, apenas un día después de conocerse el listado de los jugadores sospechosos de soborno, la policía allanó sus viviendas en busca de evidencia en contra de semejantes criminales de tan alto nivel. 


Es decir, sí, yo entiendo que le han roto el corazón a todo el país, que jugaron con las esperanzas y sueños de tanto  salvadoreño, que les valió un comino el honor ante la tentación de quién sabe cuánto dinero... pero, ((¿No hacen lo mismo los políticos?)) ¿Cómo es posible que un delito como este genere una reacción tan inmediata mientras en el resto del país la justicia se mueve tan lento para investigar a violadores, asesinos, chantajistas, etc? ¿Es por el propio fútbol? ¿El salvadoreño puede aguantar todo menos la traición de su selección? En verdad este es un país único.

Jap