contradicción

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domingo, 1 de junio de 2014

“Me burlo del dolor ajeno”



Tendría yo cosa de unos 6 ó 7 años, cuando, jugando con mis amigos de infancia, vi cómo uno de ellos corría y se tropezaba hasta caer con poca gracia en el suelo, lo que –quizá paradójicamente- a mí sí me causó mucha gracia, la suficiente como para ponerme a reír ahí mismo, frente a mi pobre amigo doliente. A quién no le causó pero ni la más mínima gracia fue a mi progenitora, quien -haciendo gala de la omnipresencia natural de las madres- se encontraba cerca de ahí para observarlo todo.

No con demasiada delicadeza, me tomó del brazo, me llevó un poco aparte y me dio una regañada estilo 80’s. Me hizo ver, con lujo de enfado, que no era bueno burlarse de los demás y que era mucho peor si me estaba mofando de la desgracia ajena. Hizo un par de reiteraciones más al respecto –mi madre ama las reiteraciones- y con un “Se me va ya para la casa” acabó con mi tarde de juegos.

Varios años después, sentí la crueldad en carne propia cuando reprobé un año en la escuela y muchos de mis “amiguitos” de curso, que sí pasaron, se dieron gusto burlándose de mí. Se siente muy feo. La mayoría de ellos debieron aprender esa lección, cuando, poco a poco, cada uno de ellos fueron reprobando hasta compartir nuevamente el salón de clase conmigo.

La vida, en ese sentido, se puede encargar múltiples veces de ponernos a todos en esa posición. Además, en la medida en la que uno madura y el sentido común se desarrolla, se comprende la bajeza de reírse del mal ajeno.

Por eso resulta no solo sorprendente, sino también chocante, que haya personas que, a sabiendas de que la tragedia acababa de tocar la vida del ahora expresidente Funes, no se hayan contenido ni siquiera un poco en sus manifestaciones de alegría destinadas a “celebrar” el final del gobierno saliente.  

Es decir, yo puedo entender la inconformidad que alguien pueda tener por un gobierno que no cumplió sus expectativas; o el enfado que alguien pueda sentir por un presidente cuya personalidad no le pareció nada bien; incluso, puedo entender que alguien sienta hasta rencor por la figura de un mandatario a quien considera negativo o hasta “enemigo” ideológico, o porque haya afectado directamente algún aspecto importante de sus intereses.

Todo eso es comprensible. Iría más lejos y diría que también puedo entender que todas esas personas decidan armar una fiesta a lo grande porque el objeto de sus rencores finalmente dejará de ser su presidente, aunque semejante derroche y desplante no haga más que demostrar la importancia que le dan a Funes ((nadie hace tanta cosa sino posee sentimientos fuertes por esa persona)).

Sí, puedo entender todo eso.




Lo que no entiendo es cómo un adulto normal, con algo de clase, con un poquito de sensibilidad y con al menos un atisbo de empatía humana, opte por entregarse completo a sus desplantes más irrespetuosos y despectivos, y que pase por encima de cualquier consideración por un adversario que, aún con ser adversario, acababa de sufrir una pérdida que todos sentiríamos intensamente: el fallecimiento de mamá.

Perder a la madre no es un dolor cualquiera. No es una tragedia cualquiera. Y no creo que sea imposible guardar un mínimo de respeto ante una situación como esa. Hay que ser verdaderamente ruin para actuar con tal desprecio frente al dolor de otros. Es prácticamente decir “Me burlo del dolor ajeno”.

Y si debían demostrar su bajeza, y si se estaban muriendo de las ganas por desplegar las miserias de su corazón ¿Debían hacerlo hasta el punto de pasar con exceso de ruido, de burla y de algarabía malsana por el mismo hospital donde Funes acababa de ver a su madre cerrar para siempre sus ojos? ¿Era eso necesario? No.

Señores, no fueron “graciositos”, no fueron “espontáneos”, no fueron “irreverentes”. Fueron viles. Felicidades.

Luego de pensar mucho cómo es posible que alguien normal pierda de esa forma la sensibilidad, solo he podido llegar a dos conclusiones: Uno, que todas estas personas no tienen madre, y por eso no comprenden. O que la tuvieron, pero ella nunca les jaló del brazo para  enseñarles que no está nada bien burlarse de la pena de otros.

O dos: que están llenos de una tremenda soberbia ((irónico porque de eso justamente acusan a Funes todo el tiempo)) y la vida todavía no los ha puesto en esa posición de ser la víctima de burlas crueles. Quizá, si reflexionan un poco, puedan ver lo oscura que están poniendo su alma y eviten que sea la misma vida la que les dé esa la lección que todavía no han aprendido y que tanto están necesitando. 

Jap

jueves, 13 de marzo de 2014

Adios a mi perro, mi amigo.



Tuve un perro muy valiente. Ladraba con autoridad cada vez que alguien osaba llamar a la puerta y crispaba su pelaje mientras mostraba unos atemorizantes colmillos blancos cuando captaba algún olor amenazante desde afuera. Pero se acobardaba y se hacía un ovillo bajo mi asiento -en el que rara vez se ocultaba por su gran tamaño- cuando fuegos artificiales explotaban como truenos en las fiestas navideñas. He de admitir que los truenos de tormenta causaban en él el mismo efecto. 

Pero seguía siendo muy valiente y lo demostraba cuando debía visitar al veterinario: jamás se quejó ni un poco cuando las inyecciones atravesaban su brillante pelaje castaño y perforaban su piel. Y, sin embargo, se moría de miedo cuando percibía que yo iba a salir. Entonces abría sus ojos enormes y me miraba fijo, como preguntando “¿A dónde rayos vas? ¿Me vas a dejar solo?” y se retiraba muy triste hacia su rincón. Muchas veces me hizo cuestionarme dos veces si realmente era necesario salir. 

Aunque en otras ocasiones se volvía muy agresivo, y si me escuchaba tomar mis llaves –clara señal de que yo estaba por partir- olvidaba por completo esa actitud sumisa y entonces me amenazaba a mí con sus colmillos atemorizantes y sus ladridos autoritarios, como diciendo “ ¿A dónde rayos creés que vas? ¿Creés que me vas a dejar solo?” y me bloqueaba el paso. Muchas veces tuve que fingir que me quedaba para encontrar otra estrategia de escape. 

Era un gran perro. Y lo quería mucho. Y él me quería a mí. Jugábamos hasta quedar exhaustos, pero él siempre tenía más energías para continuar; a menos que se aburriera, entonces me dejaba a mí con el hueso de juguete en la mano mientras él se retiraba indiferente a mis llamados. Porque además, era un perro muy orgulloso. Solía sentarse  apoyado en la lavadora de casa o en alguna de sus paredes favoritas, con el pecho blanco erguido y una actitud arrogante, esperando que alguien de la familia pasara y le hiciera algún cumplido, lo cual ocurría siempre. Y si yo lo acariciaba en esa pose, levantaba la cabeza y miraba hacia otro lado, como un modelo harto de recibir tanta atención. Hasta que yo me retiraba, entonces se levantaba y me seguía contento, moviendo la cola y con una especie de sonrisa en su boca, como diciendo “Yo también te quiero!”. 

Era el Maxx. Mi perro dóberman mezclado, que se alegraba como loco cuando me saludaba por la mañana, como si no nos hubiésemos visto el día anterior. Que me chantajeaba todo el tiempo con su carita triste para que le diera parte de lo que estaba comiendo y que mordía su colcha y la arrastraba por toda la casa como si fuera un juguete más. Mi perro. 

Pero se tuvo que ir. Y yo tuve que dejarlo ir. 

Cuando la veterinaria levantó la cabeza y me indicó que ya todo estaba hecho, algo se quebró dentro de mí. Quiero que regrese y sé que es imposible. Y aunque suene como un niño, quiero a mi perro conmigo, quiero que viva para siempre conmigo… 

Mi perro era muy valiente, arrogante, alegre y hasta un poco loco. Era mi gran amigo y lo extraño mucho, me hace tanta falta su presencia... Sé que sueno como un niño, pero es que me siento como un niño… que ha perdido a su cachorro.


Jap