contradicción

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lunes, 6 de septiembre de 2021

Vacío bicentenario para El Salvador

 ¿Y qué vamos a celebrar? ¿El traspaso del dominio español a un grupo reducido de criollos y su descendencia? ¿Que ahora rendimos cuentas políticas, sociales, económicas, y hasta culturales a una élite que gobierna desde las sombras, pero ya no a un país europeo? ¿Que por doscientos años hemos repetido los patrones de conquista y opresión entre nosotros mientras bañamos la tierra con la sangre y el sudor de los más desfavorecidos?

Esto es lo que vamos a celebrar: la dicha de tener a un pequeño grupo de dominadores que deciden, de forma casi omnipotente, qué es y qué no es este país. La felicidad que proviene de saber que, político tras político, gobierno tras gobierno, las cosas nunca cambian; que las verdaderas intenciones siempre son tener a la población agachada y produciendo hasta la eternidad, todo con tal de mantener llenas las tripas de esos gobiernos y de las élites detrás de ellos.

Cuando suenen los cohetes, cuando veamos los desfiles, cuando aparezcan las sonrisas y discursos artificiales de nuestros líderes, sabremos que estamos celebrando su alegría, su satisfacción por estar entre la clase dominante (llegados a ella por manipulaciones, conexiones afortunadas, extorsiones, sobornos, engaños o por pura suerte) y su alivio de no formar parte de los dominados, de ser superiores, de tener el favor de su propio dios militar-financiero.

Vamos a celebrar que, después de una guerra salvaje, después de la persecución indiscriminada de cualquier voz crítica, después de las torturas despiadadas y después de las horrorosas masacres con las que pagamos el precio de una democracia apenas; ahora estamos dispuestos a intercambiar esa democracia por una dorada moneda que no existe, por la ilusión de una nueva clase política compuesta por los mismos políticos hipócritas, por una fe mal puesta en un mesías tan falso como su nariz.

Celebraremos que, si hay voces críticas, serán aplastadas con burlas poco inteligentes de no más de 280 caracteres o fuerza policial desmedida, según el ánimo del dictador; porque no pueden ser voces sensatas si no repiten el discurso del culto o si cuestionan el progreso evidente de un país que básicamente ha logrado ya un puesto en el primer mundo.

Tendremos un día de la independencia lleno de contrastes y contradicciones. Recibiremos mensajes de optimismo y hermandad por la tan anhelada unión entre salvadoreños/as que finalmente tenemos, así como mensajes de odio y desprecio para todos aquellos que no comulguen con la opinión oficial. Será un día triste, en realidad, porque mientras los políticos muestran orgullosos sonrisas amplias y alaban el ambiente festivo y pacífico del país, muchas familias seguirán llorando a sus asesinados ¡perdón! a sus “desaparecidos”, seguirán bajo el yugo asfixiante de las maras y se verán obligados a tentar el destino a través de un desierto de muerte hacia el norte.

Y así, si no cambiamos el rumbo, celebraremos que El Salvador cruzará el umbral de los doscientos años, que pasará a una reluciente nueva era -como nunca antes hemos visto- en la que la definición y aplicación de la justicia dependa de las directrices infalibles del gobierno; en la que la sociedad estará contenta y progresando en las imágenes de los noticieros oficiales, aunque se encuentre en la miseria y desesperando en la realidad; una era en la que disentir sea una sentencia de muerte y los lamentos del pueblo suban hasta el cielo cada vez más tumultuosos…

Jap

sábado, 16 de enero de 2021

Por los acuerdos de Paz de El Salvador

     



Dios santo! Realmente tengo siglos de no escribir nada por aquí.

    Hoy, 16 de enero, a 29 años de la firma de los acuerdos de paz de El Salvador, creo que corresponde, por lo menos, expresar mi disgusto ante una postura que probablemente se irá poniendo de moda en los próximos días; y que posiblemente calará más en aquellos que genuinamente quieren ver un cambio, hartos de la política tradicional, pero que no terminan de ver la manipulación en la que están cayendo. Y que tampoco alcanzan a ver la magnitud del problema que se nos avecina con semejante retórica incendiaria, que viene de la mano con el populismo, el abuso del poder y la casi nula claridad en los procesos gubernamentales. 

    Para mí, es una irresponsabilidad y una ofensa decir que los acuerdos de paz fueron una farsa, un negocio o un fraude: Tuvimos una guerra muy sangrienta, no había ni un ápice de libertad de expresión, las élites oprimían a su gusto y las masacres de gente inocente se fueron haciendo cada vez más salvajes. El sacrificio despiadado de los mátires de la UCA terminó por inclinar la balanza hacia una salida más civilizada para un conflicto que no parecía tener fin. Gracias a eso hemos tenido un ensayo de democracia y una alternancia del poder -increíblemente- pacífica, así como espacios de discusión y crítica libre, al menos hasta ahora.

    Mucha gente buena perdió su vida para lograr todo eso.

    Si luego de los acuerdos de paz ha habido políticos traicioneros a los principios originales que los hicieron luchar, y luego firmar esos acuerdos; o políticos que no dejaron su corrupción tradicional después de ese evento, eso ya es otra cosa. Decir que los acuerdos de paz fueron un mero "negocio" es tan ofensivo como lucrarse del pueblo después de haber firmado la paz, ambas posturas son detestables.

    Y más detestable aún, es hacer semejante afirmación solo para sonar "cool", "irreverente" u "original" y ganar así algunos votos más.

    Vivimos tiempos extraños e inciertos. Es muy fácil ahora perderse en el mar de información, desinformación, comentarios, hechos y opiniones y luego no saber diferenciar entre unas y otras. Esto es lo que han entendido ciertos políticos alrededor del mundo y han sabido aprovecharlo para su ganancia personal, porque casi cualquier cosa se puede lograr dentro de la oscuridad del caos. Y es ahí, en medio de semejante manipulación, donde reside el verdadero y más nefasto negocio.

Jap